En torno a 1630 el conde-duque de Olivares mandó construir el palacio del Buen Retiro, un lugar destinado al recreo del monarca. Calderón de la Barca estrenó allí su obra El mayor encanto, amor. El escenario se dispuso en un islote situado en el centro de un estanque. El rey y la nobleza asistieron a dicha función subidos en diversos barcos, mientras el público lo observaba desde la orilla. Para la representación, Calderón contó con la ayuda de Cosimo Lotti, un escenógrafo italiano que preparó diversos efectos de magia mediante los cuales se simularon una tormenta, vuelos, metamorfosis, etc. Los palacios podían albergar las más complejas y espectaculares escenificaciones. La atención a estos efectos opone este tipo de representaciones a las de los corrales, que se consideraban un teatro esencialmente de palabra. No obstante, el teatro de corral se contagiará con el tiempo de esta espectacularidad y del gusto por los efectos mágicos en escena, que se hacen muy patentes en el XVIII. La importancia del escenógrafo era tal que, a menudo, se enfrentaba con los propios autores. En esta ocasión existieron entre Calderón y Lotti diversas discusiones sobre cómo debía representarse la obra. En ella, su autor plasmó veladamente y ante los ojos del propio monarca una crítica a la influencia que su privado Olivares ejercía sobre él.
Este tipo de lujos ya había ocasionado que circulasen por Madrid diversos poemas satíricos en los que se censuraban los derroches palaciegos y las ansias de diversión de los miembros de la corte, en un país que sufría graves penurias y los desastres de la guerra.