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Pablo Picasso, Mujer sentada en un sillón (1941). Basilea, Museo de Arte

Picasso: la vitalidad del genio

-Picasso fue una de las grandes figuras del arte español del siglo XX. Participó de todas las experiencias vanguardistas desde el surrealismo al cubismo, con muestras de expresionismo, en todos los campos: pintura, escultura, cerámica y escenografía.

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En la órbita del surrealismo


El clan surrealista de París, con André Breton a la cabeza, siempre consideró a Picasso uno de los suyos, aunque más como una referencia, en virtud de la riqueza de su obra, donde el subconsciente actúa como un motor de la creación, que como una subordinación concreta al grupo, a la que, por otra parte, Picasso siempre se resistió. Sea como fuere, una buena parte de la obra de Picasso realizada a partir de 1925 debe entenderse en el contexto de las poéticas surrealistas. La relación con Olga Koklova, cuya mentalidad burguesa chocaba con el carácter de Picasso, generó una agresividad que, enseguida, se tradujo en su pintura.

En 1925 pintó La danza donde, si bien utiliza procedimientos del cubismo sintético similares a los de Los tres músicos las figuras aparecen distorsionadas, como si se hubiesen dejado llevar por el frenesí del baile, y sugieren una violencia irracional. Por primera vez, aparecen las imágenes dobles, típicas del surrealismo, como el seno-ojo y las bocas-vaginas dentadas, que se repiten en el cuadro con insistencia, como una obsesión en la que se mezclan el deseo y la destrucción.

Existen muchas concomitancias entre los conflictos emocionales de Picasso y la fascinación surrealista por «el amor loco». La idea de la mujer como devoradora de hombres, que en la naturaleza ejemplificaba la mantis religiosa, cuya hembra devora al macho después de la cópula, sugiere a Picasso una serie de pinturas, conocidas como «figuras de Dinard». Se trata de una especie de figuras femeninas, como rocas erosionadas por la naturaleza, que cobran el aspecto amenazador y terrible de grandes insectos.

Con todo, la enorme vitalidad de Picasso le lleva a concebir, casi simultáneamente, imágenes de mujer muy distintas: a raíz de su relación con Marie-Therèse Walter, una joven rubia de formas redondeadas, pinta una serie de retratos inspirados en ella, con colores muy vivos, en los que concede una especie de vitalidad orgánica autónoma a distintas partes del cuerpo, en una interpretación sensual también afín al surrealismo, como El sueño.

Asimismo, investiga sobre nuevas posibilidades escultóricas. Un esfuerzo considerable le supusieron los diversos proyectos para un Monumento a Apollinaire (1928), donde trata de definir el espacio mediante perfiles de alambre, como si la escultura fuera una especie de dibujo en el espacio. Ello supone una inversión absoluta de los valores tradicionales de la escultura como arte, es decir, la desaparición de la masa y la solidez.


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